miércoles, 3 de abril de 2013

Un día normal.

Esto es una obra de ficción, un mero texto humorístico. No me ha pasado a mí y espero que no le haya pasado a nadie. (Si te ha pasado, cuéntalo en un comentario. Así nos echamos unas risas)



Me levanto de la cama y me despego del enredo de sábanas como puedo. ¿Joder, todavía es de noche? No, son los ojos, que están cerrados. Y mira que cuesta abrirlos cuando tienes esas legañas mañaneras más fuertes que el superglú.

En fín, el pié en la sandalia izquierda y el otro en la derecha. Quiero decir, el pié derecho en la sandalia izquierda y el pié izquierdo en la sandalia derecha, y salgo de la habitación a lo walking dead (Huyendo de la cama, tentación del diablo) Como tengo que salir a trabajar en media hora, debo darme prisa.

Lo primero, el desayuno: huevo frito y café (¡Cafeína, cafeína, cafeína!)
Pongo la cafetera y el huevo a freír, mientras voy al baño a lavarme los dientes y cepillarme el despeinado pelo, cosa que hago lo más rápidamente posible ya que oigo el café colándose... fuera de la cafetera. Chorreando agua vuelvo al fogón para rápidamente coger la cafetera y quemarme la mano.
Saco el huevo y lo pongo en la cesta del pan, porque no tengo ningún plato limpio.

Como me palpita la mano, regreso una vez más al baño y me vendo la mano con papel higiénico1. En eso que me doy cuenta, mirando al espejo, que tengo los dientes cepillados y el pelo lavado.

Me ruge el estómago, así que salgo del baño (Mientras me quito algunos pelos de entre los dientes) y me sirvo el café. Por supuesto, le echo un par de cucharaditas de azúcar... excepto que no es azúcar, sino sal. El café sabe horrible, y el huevo, azucarado. Tiro el huevo, el café y la cafetera a la basura, y miro el reloj.

Necesito plancharme la ropa del trabajo, que el tiempo vuela. Preparo la plancha ya conectada y la dejo calentándose un rato, que es una de las antiguas y tiene su truco.
Me sigue rugiendo el estómago, maldito hábito de comer. Quedaban unos donuts en la nevera, para allá que voy... de cabeza. Me resbalo en los charquitos de agua que se formaron con mis idas y venidas del baño, con tan mala suerte que me regalo una contusión craneal.

Me despierto al rato, oliendo a quemado. Camino con torpeza, ya sea por el mareo del golpe que todavía perdura o por que cada pié lleva la sandalia equivocada.
En cualquier caso, agarro la plancha y me quemo la mano.
Correción, me vuelvo a quemar la mano.

Después de vendarme nuevamente la quemadura, reviso la camiseta, la única que tengo para el trabajo que desempeño. Tiene un agujero del tamaño de África y no se puede hacer nada, pienso, y me la pongo del revés, pues todavía ando confundido.
Por fín termino de vestirme, agarro mi maletín2 y me como el susodicho donut. Desgraciadamente tengo que volver otra vez más al baño, pues estaba caducado y me entró calaguera. Entre gemidos de dolor miro la hora: llego realmente tarde, y no hay papel higiénico. Decido limpiarme en el baño del trabajo en cuanto llegue, y no perder más tiempo.
Me subo los pantalones y cojo otro donut para el camino.

Nada más aparcar en el sitio de siempre, el que me toca (Debajo del puto árbol) me caga una paloma en ambos hombros.

Y así llegué a la oficina.

Antes de lograr colarme en el baño, me llama alguien. Me giro, con los pelos llenos de pasta de dientes, cagado, con la mano roja y vendada,  la camisa con una quemadura inmensa, un mal humor de perros y con mierda de pájaro cabrón en ambos hombros. Suelto un "¡¿QUÉ, COJONES?!"

Y así me vio mi jefe.



1. (El kit de primeros auxilios lo dejé en mi otra chaqueta. Bueno, en mi otra casa. Bueno, que no tengo ningún kit de primeros auxilios, vaya, desde que se instaló una familia de mapaches en la caja. Al principio eran amables, pero abusaron de las pastillas y se volvieron apáticos. Poco después murieron. Fué muy trágico)

2. No llevo absolutamente nada dentro. Es, simplemente, que lo veo como un requisito para toda persona que quiera ser respetada empresarialmente. Dale un maletín a un mono (Y una corbata) y conquistará Wall Street




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